Hayedos, un museo impresionista

Los bosques de hayas exponen una visión onírica. Son un lienzo incapaz de ser reproducido. Parecen creados por un ser mitológico, alguien o lago que no pertenece a este mundo. Quizás los impresionistas soñaron con acercarse a esa profusión cromática con su técnica pictóricaque daba forma a las impresiones de luz, pergeñaron lo más parecido al espejismo que destellan los hayedos apiñados en la montaña.

 

Hayedo

 

Dicen las gentes de campo que cualquier época del año es perfecta para escuchar los susurros de los bosques. Lo dicen porque llevan años viendo pasar las estaciones y cada una de ellas despierta un sentido en las personas. Los hayedos emanan luz y color con un toque impresionista en pinceladas luminosas que cambian de color con la luz del amanecer, la metamorfosis constante, lo que contribuye a que el bosque se muestre más arrebatador, más misterioso e insondable que nunca. Nuestra odisea pone rumbo al reino de las hayas, las protagonistas de este viaje revelador.

 

Fábulas del norte

 

El haya es un árbol recto, estricto, no da lugar a la improvisación ni la algarabía desmedida. Impone sus reglas como un ejército de guerreros imbatible. Nace y muere de pie, tiesa, rodeada de tierra mojada, sin más amigos que su propia especie. Se nutre de la lluvia de manera adictiva, busca la sombra, la humedad, le gusta desparramarse por la pendiente de las escarpadas montañas. Su templanza la hace severa e implacable. Al norte de los terruños ibéricos se aferran impactantes masas de hayedos, incólumes al paso del tiempo, envueltas en fábulas rurales que tanto han contribuido a preservar su enigma, en apariencia ganado por el aspecto retorcido, casi fantasmagórico, que adquieren las ramas entrelazadas, como un conjunto de huesos que cubre el cielo sin dejar entrar el sol

 

Hayedo

 

El haya se jacta de ser la gran señora de los Picos de Europa. Las dentadas crestas que componen el horizonte de la cordillera cantábrica no dan muchas facilidades a la vegetación, pero ellas resisten todas las calamidades, desplegando sus encantos especialmente en otoño, cuando seducen con sus cabellos dorados a los robles centenarios. Tal aspecto ha originado un sinfín de leyendas, cada cual más mágica y fantasiosa, con el fin de preservar la naturaleza de las intromisiones humanas. La mitología sitúa en estos bosques a las xanas, ninfas que habitan en las fuentes y los ríos, bellas doncellas de ojos verdes que atraen a los hombres con el hechizo de sus melodías. Temible es la presencia del busgosu, mitad hombre y mitad carnero, auténtico dueño y señor del bosque, y en consecuencia, el peor enemigo al que pueden enfrentarse los leñadores y cazadores que se adentran en sus dominios.

 

Hayedo

 

Rugido de cascadas

 

El nombre es tan evocador, tan propio de fábula y leyenda, que su simple pronunciación describe un paraje inimaginable. Los quejidos del quebrantahuesos, un ave de apariencia casi demoniaca, no hacen más que alimentar esa sensación de alucinación quijotesca, tan proclive al ensimismamiento y la incredulidad. La luz que choca contra los cañones rojizos de Ordesa y Monte Perdido transgrede los cánones a los que estamos habituados, situándonos en otra era de la historia, quizás aquella misma en la que se forjaron esas montañas, hoy protegidas bajo la declaración de Parque Nacional. Como destellos de luz se reflejan las hayas que crecen a las faldas de estos peñascos, abigarradas entre abetos a los que dan codazos para buscar la humedad tan vital para su existencia. Al pie del Monte Perdido, como si se tratara de una casa de cuento, se alza en piedra el Parador de Bielsa, en pleno pirineo oscense. La montaña despliega toda su envergadura a través de los ventanales y terrazas del edificio. Desde el mismo parador se pueden emprender prodigiosas rutas que buscan el rugir de las cascadas y los arrullos del viento.

 

Hayedo

 

Bosques irreverentes

 

Como reliquias de un pasado, subsisten en el centro de la península un trío de hayedos excepcional por su emplazamiento, como si las hayas hubieran decidido enraizarse en un lugar que no les pertenece, ajenas a su propia naturaleza necesitada de agua y sombra. Son los hayedos de la Pedrosa, en Segovia, Montejo en la Sierra del Rincón en Madrid y la Tejera Negra en Guadalajara. Tres bosques irreverentes que resisten desafiando la solana y los secarrales de la meseta, alardeando de una pueril osadía. Puede que sea el de Pedrosa el más inmaculado de los tres en cuanto a apariencia, por encontrarse en la cara norte del puerto que separa Guadalajara y Segovia, en plena ladera por la que serpentea el río Riaza, del que sacan el jugo para sobrevivir. El de Montejo, el único hayedo de la comunidad de Madrid, lleva escrito en sus ancianos troncos la historia de una supervivencia extrema, alejada del bullicio de las urbanizaciones y mantenida intacta desde tiempos ancestrales gracias a su abrupta orografía y la infertilidad de sus suelos.

 

Hayedo de Montejo

 

Los abismos de Europa

 

La leyenda cuenta que un príncipe astur se enamoró de Europa, la hija del rey Agenor de Fenicia. Prendado de su belleza, decidió raptarla y esconderse en las escarpadas montañas que hoy se conocen como Picos de Europa. Desde hace miles de años estos abismos calcáreos siguen fascinando por su grandiosidad. No son estos andurriales propios para un turismo convencional. Lo son para aquellos que buscan la transgresión paradisíaca frente a la mirada inerte. En este idílico paraje en el que se encuentra el Parador de Fuente Dé donde se unen la comodidad de sus estancias, la inmejorable atención y los detalles.

 

Hayedo

 

Tierra de sirenas

 

Envuelto en niebla, como un ejército arcano que ha ganado a las embestidas del tiempo, protegido por su personalidad impenetrable, surge el hayedo del Parque Natural del Señorío de Bertiz en Navarra, una arboleda que enrosca sus copas desde hace más de 3.000 años. Lo profundo de este bosque le ha permitido mantener un estado virginal. Solo la humedad ha penetrado la tierra para horadar una ramificación de riachuelos y fuentes cristalinas donde las habladurías populares sitúan a las lamias o sirenas, protectoras de este valle navarro hasta el punto de adornar el escudo del señorío. Estos bellos seres tenían como misión recorrer las aguas infundiendo temor, hecho que sin duda protegió estos parajes de cualquier presencia humana.

 

Hayedo

Texto: María José Prieto